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La colina de las piedras blancas
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TEMA: La colina de las piedras blancas

La colina de las piedras blancas 30 Ene 2013 04:00 #63081

Con permiso del autor....

EL GALEÓN SAN MARCOS
CAPÍTULO 1
Eran hombres valientes, pero lloraban, gemían, se orinaban encima y luego morían ahorcados, degollados o apedreados. Todas ellas son formas indignas de morir para un hidalgo español, pero así ocurrió en aquellas ensenadas del diablo, ahogados los gritos por el rugir de una mar embravecida, como si una mano perversa la empujase contra nuestros barcos. Gritaban asustados llamando a Dios y pidiendo clemencia cuando las olas los arrastraban hacia las profundidades del océano, antes de morir ahogados; o cuando los salvajes los apedreaban en las costas y les abrían los cráneos después de haberlos desnudado para robarles las ropas a las que llevaban cosidos doblones de oro y plata, cobrados en Lisboa antes de zarpar, como adelanto de dos pagas que nuestro rey don Felipe había dispuesto para la Armada.
Amputaban sus dedos para no perder tiempo en extraer los ricos anillos adornados con piedras preciosas, les arrancaban las cadenas que llevaban al cuello con crucifijos y vírgenes de media España, y los dejaban luego en los pedregales o en la arena sin que nadie pudiera darles cristiana sepultura. Venían las aguas y a muchos de ellos se los tragaban para no volver a aparecer.
La mayor parte de las muertes —y las más crueles— fueron provocadas por los soldados ingleses y por los nativos irlandeses a sueldo, todos ellos actuando sin compasión y cobardía, manchando sus manos con sangre de españoles indefensos, sin más armas que verse hambrientos, flacos, ateridos de frío y muertos de cansancio.
Sucedió en septiembre del año del Señor de mil quinientos ochenta y ocho, fecha en la que miles de casas se vistieron de luto en España, pues no hubo hogar, ya fuese noble o plebeyo, que no tuviese que lamentar la muerte de uno de los suyos. Y yo no puedo olvidarlo, pues fui testigo de todo ello, lo vi con mis propios ojos,
me martiricé con los gritos de mis compañeros, padecí frío, hambre, golpes y miseria; y lo llevo grabado en la memoria por siempre.
Todo empezó cuando al fin, después de mucho tiempo de espera y titubeos, el rey don Felipe, nuestro señor, tomó la decisión de ir contra Inglaterra: ese nido de piratas, corsarios y herejes que venían hostigando nuestras flotas de Indias por todo el Atlántico, expoliando tesoros que ponían a los pies de su reina. Aunque en realidad ése no era el único motivo para la guerra: Isabel Tudor apoyaba y financiaba las campañas de Flandes contra nuestros tercios y masacraba a los católicos ingleses y escoceses. Incluso había mandado ajusticiar a la reina de Escocia, María Estuardo, aliada de nuestro rey. Y todo, en conjunto, era motivo más que suficiente para sojuzgar a quien había de rendirnos pleitesía.
Se encargó la empresa de armar la flota al granadino don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, héroe de Lepanto y capitán general del Océano. Para la ocasión, el rey lo había nombrado Almirante, y a él encomendó lo mejor de su flota y de su infantería.
El marqués se quejaba de que su señor no atendía todas sus peticiones, tal vez porque requería para sí un ejército imposible. A pesar de todo, surtió efecto el reclutamiento y funcionaron las levas, se movilizaron las atarazanas de Barcelona, los almacenes de Cartagena y Málaga y los puertos de todo el Mediterráneo, incluyendo los de Nápoles, Ragusa y Genova.
Nos dimos cita en Lisboa casi tres mil hombres del tercio de Sicilia, a cargo de don Diego Pimentel; más de dos mil seiscientos del tercio de don Francisco de Toledo; dos mil ochocientos del tercio de don Agustín Mejía, pariente de mi capitán; más de dos mil del tercio de don Nicolás de Isla o tercio de la Armada; dos mil trescientos de compañías sueltas, a las que denominábamos de Extremadura, por venir la mayor parte de sus hombres de aquellas tierras; casi mil quinientos en diez compañías portuguesas; ochocientos entretenidos, aventureros y criados de pelea; y otros tres mil de nuestro tercio, el de Nápoles, al mando de don Alonso de Luzón.
A estos hombres había que sumar los siete mil quinientos marineros armados, duchos en abordajes y hombres de gran pericia en la labor, con lo que sumábamos más de veinticinco mil la gente de cabo, de los que dieciocho mil éramos de guerra y siete mil quinientos, como he dicho, de mar. Era digno de verse tan imponente ejército, repartido entre Lisboa, Setúbal, Cascáis y otras poblaciones cercanas. Una buena parte se ubicaba en los castillos de Almada y Lisboa, pero también en grandes campamentos a las afueras y en el propio puerto, donde todo era un continuo ir y venir de maestres, pilotos, condestables, cómitres, marineros, grumetes, pajes... Un maremagno de tercios, compañías y camaradas, con sus
insignias diferentes pero con el común elemento que era la cruz de Borgoña bordada en rojo, identidad de nuestra nación, y temida en todo el mundo.
Acudieron nobles de toda España, en busca de una gloria que ensalzaría su posición, o que serviría para encumbrarlos a puestos de relevancia en la Corte. Incluso, muchos se ofrecían para encontrar prestigio posterior en sus pueblos y ciudades, donde sus hermanos mayores, los mayorazgos, habían quedado como administradores de las haciendas familiares mientras a ellos sólo quedaba el clero o la milicia. Con todos nos cruzábamos en el puerto, en las tabernas o en el campamento. Aunque podían contarse por centenares, o aun por miles, puedo citar a hombres principales con los que alguna vez llegué a tener algún contacto, y cuyo recuerdo permanecerá siempre intacto. Así, no olvidaré nunca a don Alonso Ladrón de Guevara, don Gaspar de Sandoval, don Pedro de Guzmán o los hermanos Ponce de León. Tampoco puedo dejar de mentar a don Martín Cortés, hijo del ilustre don Hernando, conquistador de la Nueva España, el cual se embarcó con nosotros en busca de un reconocimiento que no tuvo antes. Y a don Lope de Vega y Carpió, que nos deleitó una noche de borrachera con poesías e ingenios. Y así tantos y tantos a los que me referiré a lo largo de esta historia, los cuales tuvieron dispar suerte en este episodio que ahora relato; pues algunos fueron por gloria, y a fe que la obtuvieron: la gloria de verse por toda una eternidad al lado del Padre.





"...es el verbo de la Historia Militar de España,porque alli donde se ha combatido en mar o en tierra,siempre ha habido un soldado de Infanteria de Marina...
Conde de Torre Velez(Parlamento 1904)."

Re: La colina de las piedras blancas 25 May 2013 16:55 #64262

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ummmmm,ando enfrascado en Sangre y Honor de Juan Carlos Losada y cuando lo termine este sera el siguiente! Gracias por el aporte Caudillo
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